No soy buena para las clasificaciones y aún menos para los conteos o las listas. Sé que hay personas (tengo una muy cerca) que pueden enumerar, priorizar y categorizar sin problema; yo, no.
Me es muy fácil discriminar lo que me gusta de lo que no. Sé muy bien qué me gusta, qué me encanta, qué me fascina y qué odio. Creo que ésas son las cuatro categorías (al menos son más que las dos de mi madre: lo más bonito del mundo y la vomitada de borracho, no existen intermedios). Sólo no me pidan ordenarlos ¿mis cinco películas favoritas? me declaro incapaz de identificarlas. ¿Qué autor o qué género musical me gusta más? No lo sé.
Esto se complica con el extraño funcionamiento de mi memoria: tengo una memoria excelente para acontecimientos y personas; pero para el cine, la música y los libros no. No puedo recordar el título de los libros que he leído y menos el argumento. ¿Cómo voy a poder enumerar en un momento determinado mis 10 películas favoritas si no las recuerdo todas, si la última que vi (inception, una maravilla) llena a tal punto mi cerebro que no puedo pensar en muchas otras. Además, con la fluidez propia de los recuerdos, las cosas me gustan más un día que el siguiente y no es cuestión de volubilidad sino de contextualización -explicar esto merece otro post y lo escribiré pronto-.
Hace mucho que sostengo que el deseo adolescente expresado reiteradamente en los máximos ataques de efusividad amistosa de mis tiempos "nunca cambies" es bastante equivalente a una mentada de madre. Se me ocurren pocas cosas más terribles que quedarse atrapado en los catorce con ideas, sueños, valores y sentimientos de los catorce. Creo que es maravilloso que nuestros gustos y criterios estéticos también evolucionen. Afortunadamente, ya superé mi época de Niel Diamond, los Back Street Boys (así, sin ninguna sigla o abreviatura) y la de los éxitos del Rock'n'Roll. Afortunadamente, el color dorado es el menos gastado de mi caja de colores. La primera parte se explica sola, quiero profundizar en la segunda.
Es un hecho sabido por todo el que me conozca que las artes plásticas no son lo mío pero hubo un periodo en mi vida en que no lo tenía tan claro. Un periodo en el que la mayor felicidad era sentarme con mi cuaderno scribe de dibujo (de ésos que tienen una hoja de cartulina y una de papel de china) y la caja de 48 prismacolor de mi mamá y dibujar princesas. Así es, dibujaba princesas con cinturita de avispa y enormes y redondas faldas siempre con las manos atrás (al menos de esa limitación sí era consciente) y en medio de lo que, desde mi estética infantil, eran lujosos salones de baile. Sería fácil creer que el color más usado en mis dibujos era el rosa pero no, casi todo era plateado o dorado por lo que gasté los lapices de esos dos colores.
Hoy descubro con emoción que, además de haber llegado a aceptar mi nula capacidad para las artes plásticas he llegado a revalorar mi uso de los colores y, orgullosamente, el lápiz dorado está justo como nuevo.
Nací a finales de los setentas (en 1977 para ser exactos) y fui al kinder y a la primaria en los ochentas: entré al kinder en septiembre de 1980 y terminé la primaria en junio de 1990. Acabo de caer en la cuenta que pertenezco a una de las pocas generaciones en la historia de México que creció sin levantamientos armados, grupos guerrilleros y problemas políticos mayores en el país.
En el mundo en que crecí la amenaza venía de fuera, en mi caso eran los comunistas que eran mucho peores que el coco, querían invadir nuestro país y prohibirnos creer en Dios y en la Virgen de Guadalupe. Todos los jueves se reunía mi mamá con un grupo de señoras y los hijos de todas a rezar el Rosario con la jaculatoria: "Virgen Santísima de Guadalupe, líbranos del Comunismo. Virgen Santísima de Guadalupe, defiende y salva a tus niños mexicanos". Me obsesionaba la idea de que llegaran los comunistas y decidieran dividir Puebla como habían dividido Berlín. Si la línea divisoria era la 16 de Septiembre mis abuelos iban a quedar de un lado y nosotros del otro. Pasé horas y horas analizando lo que conocía entonces de la ciudad para tratar de prever en dónde quedaría la línea y qué pasaría con nosotros entonces. Otro de mis enormes temores era que fueran encontrar vestigios arqueológicos o petróleo en el jardín -de 3 por 3 metros, no exagero- de mi casa y que el gobierno nos la expropiara.
Los levantamientos armados eran cosas que pasaban muy lejos y que no tenían nada que ver conmigo. El concepto de lucha social era mi mamá dando de gritos con otras mujeres de la Cívica Femenina (de donde salió Ana Tere) afuera de Casa Puebla reclamando sobre algún chanchullo en las elecciones locales. Las guerrillas existían en Eco y 24 horas (yo era ávida espectadora de noticias desde entonces) y en los libros de texto.
El único momento en que una guerrilla se presentó en mi infancia fue en sueños y esa pesadilla la recuerdo hasta ahora: Estaba en el cine con mis papás y mis hermanos y había un bombazo. En medio del caos y los gritos de heridos me enteraba que eramos rehenes de un grupo terrorista que se llamaba Camino Iluminado para la liberación de Zacatecas.
Me encantan los juegos de mesa. Últimamente no los he jugado con suficiente frecuencia pero esto es una simple señal del estado actual de mi vida, no es nada general. El primer juego de mesa que recuerdo jugar hasta el cansancio es el Sorry! y tiene una historia muy particular.
Mi abuelo paterno era español y uno de sus hermanos migró a Nueva York, nunca conocí al tío D. pero sí a su esposa una polaco-americana, tía P. y a algunos de sus hijos y a un nieto. La tía P. vino a visitar a la familia en algún momento alrededor de 1984-1985. Regresó a Estados Unidos y envío una caja con regalos. Había algo para cada uno de los primos y un juego de mesa por familia. A mí, como al resto de las primas me tocó una joya ochentera: una bolsa Jordache que tenía adentro un monedero con una moneda de dólar.
En la casa nos tocó el Sorry! Durante algunos meses no los pudimos jugar porque las instrucciones y las cartas estaban en inglés y nadie de mi familia hablaba suficiente inglés para poder entenderlo y traducirlo. Esta situación se remedió (de forma muy particular como se verá más adelante) con la visita de un primo de Veracruz a quien no nombraré siquiera por inicial para no ventanearlo. El primo en cuestión aseguraba hablar inglés así que se sentó, leyó las instrucciones y me las explicó. El resultado: mis hermanos y yo jugamos Sorry con unas reglas complicadísimas y muy poco apegadas a las reales hasta que mi hermana y yo regresamos de Escocia y pudimos leerlas y reírnos del tarado primo que nos había estado jugando absurdamente durante unos cinco años.
Una vez que aprendimos a jugarlo adecuadamente empezamos a jugarlo a la menor provocación y estoy llegó a su punto máximo cuando acabábamos de entrar a la universidad que dos amigos pasaban por la casa por lo menos dos veces a la semana a jugar un Sorry! y se iban corriendo a seguir con sus ocupaciones.
Últimamente he extrañado esos tiempos en que me hacía tiempo en medio del caos para sentarme 45 minutos a jugar. Yo creo que eso me llevó a comprar un Sequence el sábado en la noche, por eso me pareció maravilloso que A. pasara por aquí hace rato, me propusiera jugar una partida y que después cada uno volviera a lo suyo.
¿Recuerdan la emoción de la noche de reyes? En este momento me produce una inmensa nostalgia. Hay tantas historias que podría contar. Pero hoy simplemente quiero evocar los sentimientos, las ideas.
- La creencia en que los milagros y la magia existen y la certeza de que se dan en todos lados, incluyendo tu casa
- La existencia de una justicia absoluta que lo ve todo, lo sabe todo, lo recuerda todo y que te da exactamente lo que te mereces y que esto no es necesariamente lo que querías o lo que pediste
- La maravillosa ansiedad de la espera, ya quieres que sea cinco de enero, ya quieres que sea de noche, ya te quieres dormir, ya quieres que amanezca. Los cincos de enero siempre me han parecido los días más largos del año
- La permanente ambivalencia: creer o razonar, dormir o esperar, pedir algo específico o un regalo sorpresa, espiarlos o no-mejor-no-los-espío porque si me descubren ya no me van a traer nada
En la noche de reyes siempre me sentí especial y pequeñita, siempre creía que el mundo era un maravilloso lugar para vivir, siempre me llenaba una gran alegría esperanzada pero ansiosa que me hacía suspirar y correr acelerada por toda mi casa.
Hice sexto de primaria en un internado en Escocia. Como ya llevaba tres años estudiando piano -sin claros avances, he de reconocer- mis papás decidieron que era una buena idea que siguiera estudiando piano allá.
Evidentemente, la educación artística y musical era en Escocia un asunto mucho más serio que en México. Tomar clases de cualquier instrumento significaba dos horas de clase a la semana y una o dos horas de práctica diarias. Las clases eran durante la mañana y cada semana se asignaba un horario distinto porque para ir a clase de piano había que faltar a alguna clase ordinaria. Y las prácticas eran en la tarde y representaban la única razón para poder ausentarse del study hall durante las horas asignadas a hacer la tarea.
Mi maestra se llamaba Miss Wormald. Era un vivo ejemplo de todo lo que fue cursi a finales de los ochenta. Era un catálogo ambulante de Laura Ashley (circa 1987): vestidos con enormes y saturados estampados florales, grandes hombreras, manguitas abombadas y grandes lazos por atrás; medias blancas, zapatillas de color pastel. Pelo rubio con permanente esponjado y una diadema, también de flores que hacía juego con el vestido. Largas uñas largas (lo que la obligaba a tocar el piano con los dedos extendidos) y demasiado blush, demasiado rosa, demasiado pastel. No sé si sea deformación de mi imaginación pero la recuerdo llegando a clase con una canasta en lugar de bolsa de mano.
Recuerdo con mucha claridad su gesto duro, su perfume demasiado floral que era tan intenso que me mareaba (y eso que Dios me bendijo con un pésimo sentido del olfato). Pero recuerdo sobre todo la brusquedad con que me corregía, su trato que hoy no puedo tachar más que de racista y que con ella aprendí, por la mala, que decir Oh, God! en inglés no es de buen gusto ni de señoritas decentes.
Las clases se convirtieron muy pronto en una absoluta tortura y la hora obligada de piano practice en un enorme aburrimiento. Al grado que, al cabo de unos meses, desarrollé la técnica necesaria para esconder la novela que estaba leyendo atrás de las partituras y la capacidad de leer sin dejar de poner atención a los pasos de las profesoras que pasaban a verificar que estuviéramos donde teníamos que estar, haciendo lo que teníamos que hacer. En cuanto oía pasos acercándose, ponía la partitura sobre el libro y volvía a mis ejercicios. Nunca descubrieron que usaba casi toda la hora para leer y la chava que practicaba clarinete en el cubículo siguiente -y, afortunadamente, era bastante buena- estaba muy agradecida de no tener que tocar conmigo al piano de acompañamiento.
Cuando volví de Escocia me rehusé a volver a piano y en algún momento de inexplicable no se qué, entré a clases de ballet, pero ésa es otra historia.
Les dejo una bonita recitación navideña, digna de las caricaturas decembrinas de Magú en La Jornada, que me sé desde hace 20 navidades. No es buena, pero mi pobre cerebrito la repite una y otra vez, en particular en estas bonitas fechas. Si a los doce estaba muy grande para aprendérmela, no tiene ningún sentido que dé vueltas en mi cerebro a los 32.
Confieso que lo googleé pero sólo para darle crédito al autor, me acuerdo del poema íntegro.
Turkeys don't like Christmas, which may come as no surprise. They say why don't human beings pick on people their own size. To sit beside potatoes in an oven can't be fun, so the turkey is quite justified to feel he's being done.
Richard Digance
Lo más extraño de todo es que me acuerdo no sólo de éste, sino de muchos otros poemas que le enseñaron a mi hermana en el internado pues estaba en la sección de niñas chiquitas. Puedo recitar poemas al dinosaurio, a un guardarropa, a una niña que se quería subir a un árbol, hasta una obra de teatro -pantomime- completitia de Cenicienta que empezaba con las bonitas palabras: "Kind friends, we now present before you and we hope we shall not bore you..."
Recuerdo todos esos versos con mucha mayor claridad que nada que haya aprendido yo en mis clases durante ese año. ¿Por qué la memoria hace estas cosas?
Mi primer día en el kinder lo recuerdo muy bien. Lo recuerdo extrañamente mejor que el primer día de primaria o de secundaria, quizá incluso mejor que el primer día de prepa.
Tenía tres años y llevaba varios meses suplicando que me mandaran al kinder pues ya me sentía grande y no tenía el menor interés de quedarme en la casa con los bebés. En ese momento, mi casa era un duplex y en el piso de abajo vivían un primo de mi papá, su esposa y su hijo Billy, que tenía exactamente mi edad. Los dos entramos al mismo kinder el mismo día. Su mamá y mi mamá fueron juntas a dejarnos. Yo estaba muy emocionada, por fin era grande, por fin iba al kinder con mis primos mayores (entonces iban al mismo kinder 5 ó 6 primos hermanos míos). Llegamos juntos y nuestras mamás nos fueron a dejar hasta el salón que estaba como a cuatro larguísimos metros de la entrada. Nos tocó con la Seño Teté. Nos sentamos en una mesa y las mamás se despidieron. En el momento en que se fueron, Billy empezó a llorar con auténtica desesperación, me acuerdo como si lo estuviera viendo, se ponía rojísimo y abría mucho la boca, también era muy estridente. Yo lo veía con incredulidad mientras pensaba "este pobre es idiota, no sabe que al rato van a regresar por nosotros". Billy lloró todo el día y siguió llorando muchos días más. Cada día mi incredulidad crecía más ¿por qué seguía llorando? si no había funcionado el primer día ¿qué le hacía pensar que podía funcionar el quinto o el sexto? ¿no se cansaba? ¿no se daba cuenta que el kinder era mucho más divertido que estar en nuestras casas, había mucho más gente, éramos oficialmente grandes? Esa sensación me persiguió durante muchos años y en otro momento contaré otros momentos en que la experimenté con toda claridad.
El recuerdo más claro de mi primer día de primaria es que me sentía verdaderamente frustrada porque, como mis compañeras no me conocían, estaban empecinadas en que había reprobado año. Parecían ser incapaces de entender la posibilidad de que alguien entrara al Colegio en primero de primaria. En aquellos tiempos el colegio tenía lista de espera y era muy raro que alguien llegara o se fuera.
Creo que los dos factores comunes cada vez que empiezo una nueva etapa son la emoción y la incredulidad ante la estupidez de los demás. Me encantan los comienzos y odio los finales, son los finales lo que siempre me ha dado ganas de llorar.
Hoy, en un juego bobo de la convivencia navideña de la prepa, me lastimé la secuela de un viejo accidente. Es increíble, el accidente original fue cuando tenía seis años y hoy, 26 años después, me está doliendo como si fuera mucho más reciente. A veces es asombrosa la memoria del cuerpo.
En serio, son pocas las cosas que recordamos tan vívidamente como los grandes dolores. Recordamos no sólo dónde y cuánto dolía, recordamos el lugar, la hora, incluso el olor. Y aunque no volvamos a experimentar el dolor en toda la intensidad, su recuerdo sí que produce desasosiego.
Un dolor específico puede remontarnos a algún momento pasado en que experimentamos algo similar con mucha mayor claridad, incluso, que un olor.
Y desde otra perspectiva, los pequeños dolores locales son la memoria del cuerpo. Se nos olvida completo que nos habíamos pegado en la rodilla, en el dedo, en la espinilla y lo recordamos cuando nos volvemos a pegar. Esto es evidente en golpes recientes pero algunas sensibilidades o insensibilidades particulares pueden permanecer toda la vida. Permanece en torno a la cicatriz de una cirugía, en algún rincón recóndito del cuerpo donde espera que un tropiezo, una distracción, una carrera deteniendo un limón entre las rodillas reavive el viejo dolor y, con él, el recuerdo de su historia que es parte de nuestra historia.
después de que fue prácticamente mi casa mucho tiempo, llevaba varios años sin pisarlo... volver anoche resutó una experienca extrañísima, me sentí completamente ajena y completamente en casa: mi colegio, los pasillos, los rincones, los patios, los recuerdos.
me reencontré con una persona que fue sumamente importante en mi vida, que es fundamental para entender a la persona que era hace 15 años pero también para la persona que soy hoy. resulta increíble después de tantos años cómo funciona la dinámica interpersonal: la plática por momentos se acaba y por momentos fluye volviendo a antiguas bromas, a una extraña familiaridad.
hay días en los que la memoria hace cosas realmente raras... anoche me condujo insistentemente a un lugar muy particular, a un lugar específico en el que estuve varias veces en mi infancia pero que, según yo, no tiene ninguna connotación particular. ¿qué puede tener de especial el final del pasillo de un museo que ya no existe?
era un recuerdo únicamente espacial porque estaba sola y no pasaba nada. simplemente el final del pasillo, el barandal, el aparador, el polvo. es increíble cómo el cerebro puede reconstruir tan fielmente un lugar en el que estuve por última vez hace quince o dieciséis años.
Es curioso, normalmente el tiempo recorta el tamaño de los recuerdos y los hace menos impresionantes en su alegría o en su tristeza. Es lo que se llama olvido, me imagino, pero sucede también que a veces el olvido nos permite recordar mejor